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Para leer el Canto General

Volodia Teitelboim

Neruda continúa siendo una presencia ubicua y un tema de alcance universal. Cada año, en muy diversas partes del mundo, se preparan nuevas tesis, se pro¬ponen exámenes, enfoques diferentes sobre su poesía. Conversando con él varias veces me dijo que tenía poco tiempo o ganas de releer lo que había escrito. Tuve en ciertas ocasiones acceso a sus originales, a los grandes cuadernos, altos y espaciados, en que escribía su poesía de cada día, usando la conocida tinta verde, con su letra clara y redondeada. Me llamaba la atención que casi no hubiera correcciones. Una que otra, a lo lejos. Generalmente a las nueve de la mañana se ponía a la tarea, después de desayunar en su dormitorio una taza de té con un par de tostadas. Tenía la idea que su jornada matutina era como la de un obrero, por lo menos en cuanto a su trabajo cuotidiano. Y se regía tam¬bién por un plan de producción, que, por supuesto, no era rígido ni estadística¬mente intocable. Pero escribía hasta la una pasado meridiano un número de páginas, o sea de versos, uno, dos y a veces tres poemas diarios. La prosa casi siempre la dictaba a su secretario. En Isla Negra, sólo entonces pasaba, con la sensación del deber cumplido, de la biblioteca alargada, o del cuarto pequeño, más reservado, donde se sentaba a escribir, al bar. Allí recibía a sus amigos y se bebía el primer trago del día. Alguna vez le pregunté si siempre había sido así, es decir, si cuando joven tenía la misma fecundidad y escribía tanto. Mi interro¬gación partía de la idea de que la primerajuventud es literariamente parca, una época de la vida en que la lucha por la expresión es más difícil y el acceso a la poesía lograda se alcanza con lentitud. Para mi sorpresa Neruda me contestó que cuando muchacho, en los días de Crepusculario, Veinte Poemas y El Hon¬dero Entusiasta, solía escribir dos o tres poemas por día, lo cual me llenó de asombro. Luego tuve que concluir que desde muy temprano se manifestó en él una naturaleza poética capaz de la expresión rápida. ¿Y siempre te sentiste poeta? Yo nunca tuve dudas —me dijo— que era un poeta. No deseaba ser sino eso desde que leí el primer poema. Y desde los quince años quería escribir siempre. Todo esto lo traigo a cuento porque a veces me sorprendió que el propio Neruda no tuviera frescos todos sus versos. Creía yo entonces que un poeta debía conservar al dedillo en su memoria cuanto había escrito. He cono¬cido varios que sin texto pueden recitar de corrido toda su obra como el actor su parte en una pieza de teatro. En el caso de Neruda era imposible, porque su producción resultaba demasiado copiosa. Además, no tenía la manía de la mujer de Lot. Creo que dejaba la tarea de mirar hacia atrás en su obra a los críticos, a los investigadores literarios, a las recitadoras apasionadas y a los lectores interesados. Y pienso que les dejó una misión grande, muy vasta. Neruda es un poeta largamente espacial, pero también de profundidades, a veces abisales. Por tanto, resulta muy difícil conocerlo entero. Y conocerlo entero no es sólo leerlo integralmente —desafío ya de por sí considerable—sino entenderlo en todas sus significaciones, empresa mucho más ardua, que seguirá requiriendo el esfuerzo de diversas generaciones de analistas.

Hay un libro de una estudiosa portorriqueña que se inscribe dentro de este propósito*. Trata al poeta y al luchador político, en quien ve un precursor del tan publicitado "boom" de la literatura latinoamericana. En Los Versos del Capitán, libro de orígenes largo tiempo misteriosos, porque a la vez canta y oculta un amor secreto, la autora advierte la pasión matizada por la militancia política. Esta, en verdad, se ha hecho ya arrolladoramente presente antes, en España en el corazón y el Canto General. María Magdalena Solá estima que a este último se le ha comentado relativamente poco, salvo pasajes como "Alturas de Maechu Picchu" y "El gran océano". Es revelador que el Canto General despierte en los últimos tiempos una atención cada vez mayor en los círculos universitarios. La chilena Eugenia Neves ganó hace un par de años en la Universidad de Montpelier su Doctorado de Estado con distinción máxima precisamente con una tesis sobre el Neruda del Canto General.

Como lo sostiene la investigadora portorriqueña, el Canto Generales una de las obras capitales de Neruda, tal vez la más importante, según el propio juicio del autor. Neruda, como se dice que dicen los padres, quiso a todos sus hijos ¿por igual? Se refería con especial ternura, no exenta de reproche, a los "patitos feos", esos libros sobre los cuales el público o los críticos pasaban una mirada olvidadiza o displicente. Un caso que tocó en público, reivindicando su valor dentro de la evolución de su poesía, fue el de Tentativa del Hombre Infi¬nito. Aunque hoy nos parezca raro, le oí quejarse con frecuencia sobre el si¬lencio que rodeaba a numerosos de sus libros. Algunos críticos solían decir que Neruda publicaba demasiado, que sería preferible que editara menos y mejor. Jamás aceptó ese criterio. Para él cantidad y calidad no eran categorías incom¬patibles ni antagonismo insuperable.

En la obra nerudiana hay colinas y macizos montañosos. Todos tienen su belleza heterogénea. Las colinas responden a un momento más breve y a un motivo singularizado. Las cimas son imponentes, del tamaño andino. Confun¬didas con lo profundo de la tierra, tienen la cabeza tapada por las nubes y tocan el cielo muy de cerca. Entre todas sus cumbres cordilleranas, sin duda, el Canto General es la mayor, el Ojo del Salado. Efectivamente refleja muy de cerca esa época de la vida del poeta marcada por las experiencias de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial, del Frente Popular chileno, de su participación en la victoria de Gabriel González Videla y su denuncia por la traición del turbio personaje. La tónica de esos días se la dio su vivencia polí¬tica, la preocupación social. María Magdalena Solá juzga con exactitud que "fueron los años en que Neruda se reveló como escritor comprometido con la causa proletaria y llegó a ser, hasta su muerte, el más connotado intelectual comunista de América Latina".

La autora afirma que en sus páginas se concentra "la ardorosa adhesión de un converso". La expresión me suena curiosa. Creo entender lo que quiere decir, porque Neruda ingresó al Partido Comunista ya maduro, en 1945. Pero esto no debe interpretarse como que viniese de un campo enemigo ni que tal determinación representara un vuelco radical. En el fondo estuvo haciendo ese camino largamente y dio el paso cuando maduró una determinación que, pasando por el fugaz anarquismo juvenil, desde su adolescencia fue identifica¬ción con la causa de los apaleados, de los ofendidos, de los campesinos de Lon¬coche y los mineros de Punitaqui, de los indios que rodearon su infancia, de los obreros de las maestranzas de noche, imágenes de las víctimas del abuso, de la pobreza y del desamparo. Este encontrarse consigo mismo y con el pueblo es un proceso. La estudiosa portorriqueña tiene en esencia razón y creo que no establece un corte violento en su itinerario hacia el comunismo sino que lo ve como el viaje de un hombre en tránsito a una meta conocida.

Algo más: Canto General es, a su juicio, el lugar de encuentro de Neruda con la vocación patriótica. Hijo de su tiempo, el anarquismo de la generación del año veinte lo llevó a detestar la farándula de la soldadesca, versión de ese patrioterismo salvaje, que don Miguel de Unamuno estigmatizara en carta memorable, a raíz del asalto de las bandas derechistas a la Federación de Estu¬diantes de Chile. Neruda revalida el verdadero patriotismo. Más aún: lo res¬cata, lo configura bajo una luz nueva, partiendo de sus raíces precolombinas, de la historia más lejana y más próxima del continente. Y no lo ve como un sentimiento mediocre o encerrado en el corral del regimiento, sino como una pasión continental y una definición antiimperialista.

La autora no se inclina ante el monumento Canto General con proster¬nación religiosa. Lo ve como es: como un gran animal prehistórico e histórico, primitivo y refinado, elemental y filosófico, descriptivo y personal, narrativo y soñador, majestuoso y polémico, síntesis de una parte del mundo, autobio¬grafía poética de América Latina, sentimiento y reflexión sobre sus orígenes, su odisea y su destino. Allí los grandes y los chicos ocupan su espacio. Y los miserables quedan clavados en la línea de la ignominia. Justicia distributiva para todos y cada uno. Obra condicionada por la historia y por la vida del poeta.

María Magdalena Solá no sólo entrega una orientación para la lectura de Canto General sino para comprender más a fondo a Neruda, a Chile, a Amé¬rica y el mundo, como ella misma se lo propone.

Ha escrito un gran libro, sobre el cual queremos seguir hablando, porque bien se lo merece. Y queremos decirlo precisamente ahora, recordando a nuestro poeta en el 80 aniversario de su natalicio.

Convendría decir sin mayor tardanza que el libro Poesía y Política en Pablo Neruda, de María Magdalena Solá, es una obra diferente sobre el tema, bien distinta de las escritas por Margarita Aguirre, Las Vidas de Pablo Neruda; Amado Alonso, Poesía y Estilo de Pablo Neruda; Jaime Alazraki, Poética y Poesía en Pablo Neruda; Emir Rodríguez Monegal, El viajero inmóvil. O el Pablo Neruda, de Raúl Silva Castro. La autora los toma en cuenta y los aprecia. Conoce toda la bibliografía nerudiana esencial. Desde luego, está interiorizada en los principales estudios sobre el Canto general. Los de Jaime Concha, Juan Loveluck, Saúl Yurkievich, de Alfonso Carrasco Vintimilla, Emilio Miró, Frank Riess.

Ella no cede a las presiones ambientales tendientes a denigrar o desfigurar -1 lado político del poeta. Para la autora, poesía y política van de la mano, arte y sociedad se entrelazan. Si cita en su apoyo a filósofos del arte o de la crítica literaria como Adolfo Sánchez Vázquez, Galvano Della Volpe, Luciera Gold¬mann, con su Sociología de la Creación Literaria, o se apoya en la expresión del alemán Theodor W. Adorno, con su idea que "el pensamiento dirigido a la obra de arte está autorizado y obligado a preguntarse concretamente por el contenido social y a no contentarse con el vago sentimiento de un algo general y comprensivo ...... lo hace a sabiendas que en la visión del mundo nerudiano hay una unidad entre poesía y sociedad, porque la hay entre el hombre y la política. Es el mundo el que se convierte en psicología profunda del individuo, quien vive un proceso continuo, imposible de entender al margen de las rela¬ciones humanas y de las contradicciones sociales. La realidad humana colec¬tiva penetra al hombre, se le hace parte consciente e inconsciente de su ser. En el poeta este sustrato "no consciente" es como el subsuelo sobre el cual se levanta la visión del mundo estructurada en expresión creadora.

Subrayemos que la autora está muy convencida que esta estrecha relación no puede ser negada u oscurecida, y menos en un caso tan patente como el de Neruda. Aclara que aun la obra en apariencia menos política contiene por lo menos briznas o signos de una concepción del mundo. Mucho menos puede ignorarse esta vertiente en obras que afrontan decididamente el pronuncia¬miento, de principio a fin, aunque sea por la vía individual. El fenómeno no es nuevo. Es tan antiguo como la poesía. Es la característica de las cosmogonías hasta la llamada poesía civil y patriótica, que floreció en el siglo XIX. A los necesarios cantos épicos entonados en loor a la independencia política del continente latinoamericano ha de seguir un siglo más tarde el surgimiento de la poesía revolucionaria, denominada por algunos críticos, con sesgo de desdén, poesía comprometida o de propaganda. Naturalmente, ésta es siempre de izquierda. La derecha no se acompañará jamás con esa adjetivación peyorativa.

María Magdalena Solá establece la antihistoricidad de tal menosprecio. Acude en su apoyo el helenista británico C. M. Bowra, que recuerda en su obra Poetry and Politics que la poesía política ha existido en la tradición occidental desde la antigüedad. Los siglos XIX y XX la leyeron en las páginas de Ten¬nyson, Swinhurne, Víctor Hugo hasta Kipling, D'Armunzio, Maiakovski y Ezra Pound, para citar a unos pocos. Para Bowra, el poeta político no cons¬truye un pasado imaginario. Interpreta un vasto presente. La selección, indis¬pensable en todo arte, tiene que ser hecha a partir de un campo universal de posibilidades por un sentido electivo que sabe realmente lo que quiere.

No teme la autora ir más a fondo, tratando el problema estética y marxis¬mo. Neruda sostuvo que él no era un teórico y que le resultaba difícil penetrar el pensamiento abstracto. La poesía, empezando por la metáfora, es una abstrac¬ción. Y la metáfora nerudiana es una espina dorsal de toda su obra. Neruda repugnaba del teoricismo embalsamado y de la disquisición estetizante, vacua e interminable. Se defendía de discusiones que no le interesaban. Al conside¬rarlas vanas, acentuaba de adrede su condición no teórica. Pero él tenía las ideas clarísimas. Era un lector de todo momento y sabía que su poesía podía ser bien iluminada, en sus secretos más profundos, por una interpretación marxista en verdad creadora.

Prefería siempre llegar a conclusiones partiendo de experiencias personales o colectivas que le tocó vivir. De allí que ordinariamente sus pensamientos críticos se alimentaran de su propia existencia, dedo que veían sus ojos. "Hablo de cosas que existen". En una carta escrita desde Ceilán en 1933 a su amigo argentino Héctor Eandi siente que "en realidad, políticamente, no se puede ser ahora sino comunista o anticomunista. Las demás doctrinas se han ido des¬moronando y cayendo ...... Atención a la fecha: 1933. Ese año Hitler toma el poder en Alemania. Y en esta encrucijada, el poeta se prepara para ser comu¬nista. Dará el paso en esa dirección casi de inmediato. España es la página siguiente de su vida. Toma la decisión estremecido hasta los tuétanos por la guerra, donde han caído sus amigos entrañables Federico García Lorca y después Miguel Hernández, un millón de españoles. Ha muerto en él el "inte¬lectual romántico". En 1939 define en Montevideo la trayectoria de su proceso. El poeta ensimismado siente que un tambor ronco lo llama y ya no puede conservar su cátedra "de silencioso examen a la vida y el mundo, tengo que salir a gritar por los caminos y así me estaré hasta el final de mi vida".

La segunda parte, la más voluminosa del libro, examina la génesis y elabo¬ración del Canto General. Sí, fue una obra planificada en principio, aunque a medida que se iba haciendo crecía, incorporaba nuevas comarcas. Su núcleo inicial, el Canto General de Chile, se convirtió en el Canto General de América, incluyendo Estados Unidos (tómese en cuenta "Que despierte el Leñador"), pero la obra se llamó en definitiva Canto General, a secas. El nombre final tiene

un sentido. La célula originaria fue desarrollándose y multiplicándose, dando nacimiento a nuevos capítulos, que la autora llama desprendimientos.He contado más de alguna vez que solía reemplazar en sus escondites al poeta, quien decidió convertir el asedio en respuesta de gran aliento dando un uso positivo a su obligada inmovilidad. Me hablaba de la necesidad de dis¬poner de material de consulta. Pedía libros de Historia, especialmente de América, textos botánicos, enciclopedias sobre pájaros y animales. Era un verdadero drama para él no tener acceso a su propia biblioteca, dado que se refugiaba generalmente en casas modestas, a veces en los extramuros de San¬tiago o de Valparaíso, donde la posibilidad de la consulta bibliográfica era casi nula. Con todo, allí, en esos recintos humildes y casi iletrados, nació como monumental réplica el Canto General. Escribiéndolo Neruda no sólo amplificó el radio geográfico de su tema inicial. Esanchó el tiempo tratado. Retrocederá a las horas germinales, a los sueños precolombinos, y retomará el hilo de la historia hecha canto en una tercera o cuarta etapa con los descubridores y los conquistadores. Del pasado más remoto llegará al presente y prefigurará el futuro.

Tengo muy claro el día, las circunstancias cuando en 1939 fui a verlo, recién regresado de Europa, al departamento de Silvia Thayer, en la calle Vicuña Mackenna, segunda cuadra. Acababa de llegar a Chile el "Winnipeg", cargado con los refugiados españoles que Neruda había salvado en Francia. Lo entre¬visté para la revista Qué hubo en la semana. Me dio para su publicación, junto a sus declaraciones, un poema al cual daba especial consideración, "Himno y Regreso": "Patria mía: quiero mudar de sombra. / Patria mía: quiero cambiar de rosa". La obra de María Magdalena Solá es cíclica y circular. Describe todo el proceso de la creación nerudiana, sus diferentes espirales de desarrollo. Si¬guiendo muy de cerca su poesía, apunta los tramos del cambio personal. No disocia los problemas de orden y composición del sentido profundo de ese perpetuo descubrimiento que Neruda hace del mundo en una continua interacción dialéctica. Si la sociedad es la naturaleza del hombre hecha relación y Neruda la miró desde adentro hacia afuera y desde afuera hacia adentro, América es para él también naturaleza que el hombre contempla, trabaja y modifica. Pocas per¬sonas he conocido que hayan sido tan naturaleza y tan hombres a la vez. Miraba la primavera como si fuera suya y necesitara conocerla hasta las raíces. Alguna vez le pregunté sobre su vinculación con el mundo físico, que se expresa de manera tan precisa en su poesía. ¿Cuál es el secreto de esto, si se puede explicar? No se puede explicar, me contestó. Formamos parte de ella y no puedo dejarla de mirar como si yo mismo me estuviera mirando largamente al espejo. Tengo que descubrir las arrugas de sus árboles como descubro las arrugas de mi cara. La escritora portorriqueña ha escrito una obra muy enriquecedora en el análisis nerudiano, no sólo del Canto General. Se incorpora por la fuerza del mérito propio a los libros necesarios sobre el tema. Si Neruda es un clásico de la lengua española, como ella lo subraya finalizando, su estudio es digno de figurar entre los buenos que se hayan escrito sobre el poeta y su poesía.

 

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